Blogia
para nadie más

Abuelos y más genios

Llegaba de clase, a las cinco y cuarto. Cuando estoy de buen humor, por la calle voy observándolo todo.
Y si hay algo que me chifla es ver a los abuelos arreglando el mundo en los parques: política, sociedad, economía... ¡todo lo abarcan!, con el tablero de ajedrez de por medio; y dar instrucciones a obreros y aparejadores. Cuando hablan de urbanismo, es como si hubieran hecho un máster en una prestigiosa universidad extranjera; y arreglarían los problemas económicos de cualquier equipo de fútbol. Son tajantes.
Conocen la historia de todos los países, incluso la de aquellos que no se ven ni con lupa en el mapamundi; son más rotundos cuanto más redondos, y tienen tantas canas como problemas habrían arreglado de haber sido presidentes del gobierno.
Saben la alineación de su equipo desde el año 50 hasta ahora y no fallan ni un domingo al bar, e incluso se llevan a los nietos cuando les toca ejercer... y les dejan beber cocacola aunque sean las ocho de la tarde, porque un día es un día.

Los abuelos siempre tienen las historias más fascinantes que contar, y no porque hayan pasado la Guerra Civil, sino porque está en su propia condición de abuelo. Lo que en la juventud fue una rodilla estropeada por trepar sin cuerda la montaña más alta de la comarca, y así sorprender a las muchachas, es para los nietos una herida de bala que se hizo cuando luchaba por sus ideales en una provincia de la que a los seis años nunca has oído. La verdad es que se cayó de un árbol de pequeño y la cicatriz ha ido creciando con él.

El cuñado de mi abu, Eugenio, no tenía hijos, así que todas sus jugarretas las guardaba para todos los primos. Él tenía una pierna más corta que la otra, así que tenía una bota que le igualaba las alturas; en mi recuerdo, esa bota era de un palmo de alto... no sé cuánto sería realmente. La cuestión es que hasta que murió, cuando yo tenía 9 años más o menos, siempre decía que la bota la tenía llena de caramelos, pero que no nos lo podía enseñar porque siempre se olvidaba la llave en casa, pero que cada mañana cogía unos cuantos de la bota (nosotros creíamos que era una fábrica de sugus o algo así) y ésos era los que nos daba: había de todo, sugus, piruletas de esas redondas que siempre han valido un duro, chupas típicos de las piñatas, e incluso toffes, que detestábamos.
Eugenio fue para todos el tercer abuelo. Tenía tantos ahijados como le fueron ofrecidos, pero a todos nos trataba por igual... para bien. Nos contaba historias que nos dejaban los ojos como platos y de las cuales fardábamos al volver en septiembre al cole: "pues mi tíoagüelo, mi tíoagüelo hació una cosa con un chisme que sirvía para ..." para lo que se le hubiera ocurrido en el momento. Jugaba con nosotros, aun estando sumamente enfermo; pero nosotros nunca se lo notamos, porque aunque nuestras madres nos decían que tenía que descansar, él siempre estaba dispuesto.

Cantaba Mecano a Dalí, pero para mí se equivocaron de Eungenio

0 comentarios